Coloquio Internacional “Lo Animal como Bio-Artefactual”

11149645_1428354220812874_1136496444190666141_oUniversidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Filosofía y Letras

Programa Universitario de Bioética

Grupo Arte+Ciencia

PAPIIT IN403613‐ IN403015

Invitan

Coloquio internacional

LO ANIMAL COMO BIO‐ARTEFACTUAL

12 al 14 de mayo de 2015

Salón de actos, Facultad de Filosofía y Letras, Ciudad Universitaria

Coordinan: Dra. María Antonia González Valerio y Dr. Rafael Guevara Fefer

En la era del antropoceno la pregunta por lo animal ha surgido con urgencia, y hacia ella se han volcado los esfuerzos del pensamiento para teorizarlo y para poner en práctica políticas y economías que forjen el lugar que ha de ocupar ese otro que (no) somos.

La teoría recorre dos trayectos, uno que tiene que ver con la llamada “máquina antropogénica”, es decir, donde lo animal es pensado y posicionado como aquello desde lo cual lo humano ha construido su identidad, incluso y sobre todo por negación o por excedencia. La especificidad de la humanitas se ha buscado allende lo animal. Luego, ¿qué es esa presunta alteridad a través de la cual hemos venido a ser? Desde otra perspectiva, lo animal no es simplemente un otro, sino que es nuestro otro.

La centralidad que ha adquirido el discurso ha implicado el cuestionamiento de tal perspectiva, pues al poner la animalidad en el foco se obvia que no ha sido ese el único aspecto de lo vivo desde donde ha operado la máquina antropogénica, esto es, muy conspicuamente se deja de lado la planta. Sin embargo, hay que resaltar que también nos hemos inventado desde allí, a partir de divinidades plantíferas y de una 2 amplia variedad de metáforas en relación con el ser‐planta y el devenir‐planta.

Para algunas culturas mesoamericanas es la planta, notoriamente el maíz, aquello desde donde somos, y no por negación ni por excedencia, es decir, frente al animal (i)rracional lo plantífero no necesita contrario. El segundo trayecto que recorre la teoría intenta ganar un ámbito de independencia para lo animal; dejarlo de considerar sólo desde el horizonte de la máquina antropogénica para verlo desde sí.

Lo animal no es lo otro de lo humano, sino que simplemente es. ¿Pero cómo aparece más allá de su significación según nuestra búsqueda de identidad? ¿Cómo se le autonomiza? La pregunta llega más lejos y apunta hacia el tema de la naturaleza devenida artefacto y espejo de lo humano. ¿Cómo inventar una mirada donde lo irreductiblemente otro no me dice a mí, no me regresa la imagen de lo que vengo a ser? El pensamiento occidental se ha fundamentado sobre la idea de una conciencia que se gana a sí misma negando lo otro y convirtiéndolo en su espejo. Relación pendular entre el yo y el no‐yo. Hay que desaparecer los extremos; si es que hay péndulo, la oscilación no es un movimiento que se dé sobre puntos fijos. Ni humano, ni animal, ni planta. ¿Qué es lo que hay? La centralidad actual de lo animal en los discursos ha provocado también una alteración de las prácticas en que se le inscribe. De lo político a lo económico, se le disloca, porque también el espacio de su (des)aparición está dislocado.

Las legislaciones contemplan –comienzan a hacerlo‐ un trato separado para cierto modo de ser de lo animal, para cierto tipo, que incluye, no obstante, sólo lo que desde la nueva escala de valores se considera como tal, como lo que tiene o aspira a la dignidad, por ejemplo, a partir de grados de conciencia o de sentir dolor. El antropocentrismo erige sus varas de medición sin pudor. Sin embargo, lo animal sigue dándose en un amplio espectro, en el que hay que incluir: La domesticación.

Hiperbólicamente lo animal no humano aparece arropado y mecido en la cuna. Ha sido modificado y seleccionado según prácticas estéticas y/o instrumentales. La alimentación. De la industria alimentaria en la que se le cosifica máximamente, a la incapacidad urbana de criar y matar con las propias manos y comer, sólo eso, comer –bien. La caza es un fenómeno periférico, lo masivo es el supermercado. De cualquier modo, en las ciudades no hay campo abierto para la caza, pues la naturaleza ha sido reducida a ser parque y jardín. La maquinización. Ya casi no hay animales de carga, bestias que realicen el trabajo que hacen hoy los robots y los humanos de dignidad abolida. La plaga. Exterminio de cucarachas y ratas, seres inmundos que pueblan la ciudad; de liendres y piojos, caminando sobre nuestras cabezas; de pulgones y gusanos, comiéndose nuestro alimento; de la microbiota que nos habita y de la que nos “desparasitamos”.

El ritual. Está casi completamente perdido, pues ni nos convertimos ya en animales ni los sacrificamos significativamente. Ni tauromaquia ni ofrenda a los dioses. La masificación vía maquinaria en la producción y muerte de lo animal lo desacraliza, lo convierte en artefacto.

El objeto. Del cuero con el que nos vestimos a la taxidermia, a su uso inacabable en nuestras experimentaciones: ¡descubrir el secreto de la vida en su genoma! De la mosca de la fruta al ratón, el animal es un artefacto epistémico. ¿Y las bacterias? Nuestra división cultural, no específica, no científica que distingue humano‐animalplanta, ¿tiene que pasar ahora por la especialidad de las bacterias, de los virus, de los hongos?

El destino de lo animal no está separado en el discurso ni en la práctica del modo de ser de la espacialidad reinante en nuestra era: la ciudad. Aún no sabemos cómo es nuestro devenir‐ciudad y cómo en las últimas décadas el fenómeno creciente de la urbanización nos ha obligado a una reinvención que se avecina total. Con este esfuerzo de reflexión conjunta en el coloquio se transitará por algunos puntos que permitan desmontar la construcción de lo animal como paradigma de lo que (no) hemos sido y como límite horrísono de nuestro afán de dominación. Se tratará de un esfuerzo por buscar los modos de la animalidad, las cuales resaltarán las líneas de fuga, ya que no hay ninguna esencia animal, ni mostrable ni apresable.